Estas hipotecas se llamaban subprime. Eran préstamos de alto riesgo disfrazados de oportunidades. Los bancos no solo los otorgaban, sino que los empaquetaban y vendían en grupos de cientos o miles de estas hipotecas.
A simple vista, estos bonos parecían seguros. Las calificadoras les ponían sellos triple a. Y como daban rendimientos atractivos, se vendían como pan caliente a fondos de inversión, bancos internacionales y gobiernos.
Pero había un problema: las hipotecas eran una bomba de tiempo.
Muchas tenían tasas de interés variables. Es decir, los pagos comenzaban bajos, pero después subían drásticamente. Cuando eso ocurrió, miles de personas dejaron de pagar.
Las casas fueron embargadas. El precio de los inmuebles se desplomó. Y como todos estos bonos estaban atados a esas hipotecas… su valor se vino abajo.
“Lo que parecía una oportunidad, era una cadena de confianza falsa… y cuando un eslabón cayó, arrastró a todo el sistema financiero.”
En 2008, colapsaron bancos gigantes, el pánico se extendió por todo el mundo. Empresas quebraron, millones perdieron sus empleos y sus casas. Fue la crisis económica más grave desde 1929.
Y mientras todo eso pasaba, hubo quienes vieron venir la tormenta… y decidieron sacarle provecho.
Ahí entran personajes como Michael Burry, que apostó en contra del sistema por convicción… y otros como Greg Lippmann, que también apostaron en contra, pero mientras seguían vendiendo el problema a otros.
Durante los años previos a la crisis inmobiliaria de 2008, Greg Lippmann trabajaba como jefe de trading de productos estructurados en Deutsche Bank. Tenía acceso directo al corazón del sistema financiero y fue uno de los primeros en darse cuenta de que las hipotecas subprime —esas que se otorgaban a personas sin capacidad real de pago— estaban por reventar.
Su análisis era correcto. Pero lo que hizo con esa información fue lo que marcó la diferencia.
En lugar de advertir a los inversionistas o intentar frenar la maquinaria, Lippmann decidió apostar contra el sistema. Literalmente. Empezó a tomar posiciones bajistas, es decir, comenzó a ganar dinero cuando los bonos hipotecarios caían. ¿El problema? Que al mismo tiempo que él apostaba a la caída, seguía vendiendo esos mismos productos a otros inversionistas, como si fueran seguros. No les advirtió. No les dijo: “Esto va a colapsar”. Simplemente los colocó, cobró, y se preparó para verlos perder.
Una de las herramientas que usó para hacerlo fue el índice ABX. Este índice permitía seguir el rendimiento de los paquetes de hipotecas. En teoría servía para dar visibilidad. Pero en manos de Lippmann se convirtió en una palanca para multiplicar sus apuestas en contra. Era como venderte un auto usado mientras él ya apostaba a que se te iba a descomponer en el camino.